Un retoño alejado del amor que un padre y una madre debían darle, pues ya no quedaba mucho para que averiguara de donde provenía.
Dejaba pasar esos míseros días, trotando las calles, de un lado a otro. Buscando una entrada a un mundo que no podía explicar ni aún por mucho que lo intentase comprender.
En lo poco que llevaba de vida, Dara había aprendido que cuando su instinto se activaba debía seguirlo. Y ahora, con sus recién cumplidos trece años, no iba a ser distinto.
Tan solo unos tres años atrás, su vida seguía el rumbo que debía seguir, pero por capricho del destino su suerte había sido truncada. Desde aquel fatídico día en el que soñó con una niña de su edad, atravesada por un objeto que no había alcanzado a discernir, algo maligno se había apoderado de ella.
No había vuelto a ser la misma, y ahora tan solo arrastraba su viejo osito de peluche mientras intentaba encontrar el lugar correcto. Quizás tan solo fuera la imaginación de una triste niña sin nada que perder, o tal vez...
Tal vez necesitara un par de exorcismos.